Libremente soy Tuya

Libremente soy Suya

martes, 19 de marzo de 2019

PUNTO Y A PARTE

El curso de un blog, sobre todo cuando cuentas experiencias personales, es muy impredecible. En mi cuenta de twitter he intentado muchas veces cambiar mi manera de escribir, poder hacerlo sin carga emocional, sin vincularme a nadie. Pero cuesta bastante, de modo que opté por no escribir cuando me sintiera mal. En los momentos en que la tristeza me invade por completo, escribiría cosas muy feas y no quiero que nadie me tenga que leer así nunca más. 
Me pidió que dejara de escribir en el blog. Y lo hice, pero sin esto y sin Él cada vez tengo menos de mí. Es muy difícil de explicar y estoy cansada de intentarlo. De modo que voy a hacer el último intento por conectarme con lo que soy, evadiendo por completo la parte personal cuando plasme aquí contenido. 
Salvo tres o cuatro personas en toda mi vida, sin contar familia, no he tenido mucha suerte con las personas. Con los hombres mucho menos. Creo que estoy llegando a mi límite. Sólo el hecho de pensar en que alguien me toque me dan ganas de llorar, porque me recordará a Él, a los únicos brazos que he conocido. Y al mismo tiempo lo único que quiero es que me follen hasta que se me olvide su cara y se me vacíe el corazón. No puedo más, me siento muy perdida. Sé que nadie puede ayudarme, salvo yo misma. Pero cada vez tengo menos fuerzas. Jamás haría nada para dañarme. Creo que el castigo justo es la soledad. Hacerme a la idea de que nunca nadie ocupará su lugar, de ningún modo. 
Parece ilógico que quiera volver entonces a escribir aquí estando en las últimas. Pero es que este es el único lugar en el que puedo ser yo del modo en el que he sido con él. Sólo escribir esto me está costando mucho trabajo. Lloro por algo que sé que no puedo tener, por no poderme sentir realizada en una parte de mí, para la que necesito a un hombre a mi lado. Saber que nunca ocurrirá me destroza por dentro. Porque sé que ese hombre existe pero no es para mí. Nadie se muere de tristeza, pero tampoco me siento bien ahora mismo. Y sé que no es una situación que vaya a cambiar mañana. 
Por eso, hasta que mis recuerdos estén en mi cabeza quiero plasmar con historias lo que soy y lo que me gustaría haber compartido con él. Ni si quiera contárselo puedo, y no quiero que se me olvide. 
Siento mucho que las cosas estén así, porque me da miedo mencionar cualquier cosa a título personal con Él. Y al mismo tiempo lo echo muchísimo de menos, tanto que quisiera que volviera a ser el de siempre y olvidar todo lo malo. Me duele Él y me duele que no sea capaz de olvidar por el bien de ambos. Pero no soy nadie para pedirle nada. 
Eso es todo, es la última entrada personal que espero publicar. 

viernes, 14 de diciembre de 2018

La puerta

Estoy sentada en el cine. No he venido con nadie. No tenía ganas de nada y no quería volver a casa. Tenía que cumplir con una recomendación que me dio el Amo, así que no me parecía mejor ocasión.
Mientras espero que empiece la película, escribo y pienso en lo que soy y he hecho. Me siento vacía. He perdido o estoy perdiendo las ganas de buscar y esforzarme por encontrar ciertas cosas que me faltan y quiero en mi vida. Entre ellas: encontrar pareja. Cada vez que me meto en una app a conocer gente me abruma el hecho de empezar otra conversación de "hola qué tal" en la que un desconocido me habla con faltas de ortografía y con ganas de meter la polla. Millones de conversaciones que no llegan a nada, de las que sólo un 10% se salvan. De ese 10% quedo en una cita con un 8% y de ese porcentaje ninguno ha resultado como quería. Vuelvo a meterme en otra app, en otra y en otra, a repetir el mismo proceso. Quedar con desconocidos, saber que muy posiblemente salga mal o ir sin ilusión. Porque sé que al acabar todas esas citas, siempre suelen mostrar las cartas sobre la mesa: sólo quieren follar. Estoy agotada. La mayoría no buscan nada serio, o ni siquiera saben qué quieren, haciendo creer que cabría la posibilidad remota que ocurriera lo que yo busco. Al menos tengo la suerte, no sé si por mi franqueza, que suelen ser sinceros para decirme sus intenciones. Pero cuando me invitan a su casa, al parque, a llevarme a casa... Sé que ocurriría justo lo que no busco y que a la vez tanto deseo con mi Amo. Que me folle. Cada vez que trato de empezar algo o de conocer a alguien se me vuelve en contra, y siento que no valgo para estar con nadie porque nadie me quiere a su lado como me gustaría. Esa sensación de fracaso una detrás de otra cada vez que lo intento, me mata por dentro. Y estoy cansada de ser sólo un objeto y de no ser digna de lo que todo ser humano merece: amar y ser correspondido. 
Me hace muy infeliz que mi Amo no comprenda que yo también querría tener una pareja y esa estabilidad que me aportaría. Me he esforzado mucho en buscarlo, pero ahora mismo paso por una situación tan delicada que sentir presión, no ayuda. Entre otras cosas porque me encantaría ser madre de familia, y para las mujeres por desgracia no es algo que podamos dejar para cuando seamos muy mayores. No voy a dejar de intentar encontrar a la persona que me acepte, pero ahora mismo no puedo con más. No tengo fuerzas para soportar más decepciones. 
Sé que precisamente el no tener pareja es uno de los motivos por los que el Amo no está feliz conmigo. Comprendo muy bien que le pese la responsabilidad de estar en mi vida, y que pueda pensar que me estanco por no perderlo a Él. Pero no es así. Sé que Él siempre va a estar conmigo mientras todo vaya bien, por lo tanto no debe temer esos motivos. Pero no puedo obtener algo de un día para otro cuando ese objetivo implica a otra persona y a que ambos nos gustemos. He pasado por muchas situaciones a la hora de encontrar pareja, y todas han sido bastante malas. Ese es el único motivo por el que me da tanto hastío volver a intentarlo. Para el Amo, el hecho de no tener pareja implica que no tener objetivos, que esté pendiente demasiado de Él y que no haga por tener mi independencia. Creo que las cosas no son así, ni tan siquiera guardan relación. La mayor parte de mis días transcurren con mucho jaleo y movimiento, me gusta estar siempre ocupada. Eso no impide que me acuerde de Él y le escriba para preguntarle cualquier tontería o simplemente hablar con Él. Y creo que no me entiende, lo cual me duele mucho. Porque lo hace estar a la defensiva cuando hablo, se lo noto. El ambiente se pone muy tenso y al final acabo metiendo la pata por cualquier malentendido. Si yo soy suya y lo que más me gusta es obedecerlo, con tener un poco de mano izquierda para decirme las cosas con dureza pero entiendo que fallo porque estoy aprendiendo sería suficiente. Explicar la situación y después sancionar. Yo soy su perra, voy a obedecerlo siempre que me trate bien, sea para castigarme o para premiarme.
Pienso mucho en lo que nos pasa para tratar de solucionarlo, analizando las situaciones para ver como se generan y evitarlas en el futuro. Pero lo hago yo sola. Y cuesta mucho avanzar cuando nunca he tenido la experiencia de tener a alguien que es como parte de mi ser. Porque no quiero que ninguno de los dos sufra. Y me planteo dejarlo cuando veo que lo pasa tan mal por mi culpa. Pero es que no puedo, os juro que no puedo. El instinto animal, como el de un perro leal a su dueño, se impone en mí y no puedo ni expresar palabras para abandonarlo. Muchas veces maldigo mi vida y mi suerte, por no avanzar como Él quiere. Pero os juro que lo intento, porque nunca he querido para mi Amo otra cosa que no fuera felicidad. Siempre será un lastre el no haber tenido vida antes de conocerlo. Lo siento Amo, yo no sabía que las cosas se desarrollarían así en mi interior. Pero tú vales la pena para mí y quiero darte lo mejor de mí misma.
Por eso lo paso tan mal cuando se aleja y me aleja de Él. Estoy todo el rato detrás de una puerta imaginaria esperando que entre y me enseñe a ser como el quiere para no tener ese nudo en la garganta y el estómago que me pesa tanto. Porque yo soy su cosa, su perra siempre. Es lo que más me honra como ser humano, por contradictorio que parezca.

martes, 27 de noviembre de 2018

Desnuda

Sé que os dije en la entrada anterior que escribiría un relato en esta, pero esa temática no encaja hoy conmigo si no es para susurrársela al oído. 
Cuando salí de casa de mis padres para cambiarme de ciudad y construir mi propio futuro, lo hice llena de ilusiones. Iba a hacer el último año de estudios en Madrid, toda mi vida había estudiado en mi ciudad natal, rodeada de mi familia, escasas amistadas y la comodidad que te ofrece estar segura con todas tus necesidades cubiertas. Una vida cómoda en definitiva, pero incompleta. No había estado jamás con un chico, no sabía lo que era relacionarse verdaderamente, ni siquiera en un grupo de amigos, ni tampoco había tenido un trabajo como tal. Siempre fui la hija responsable que le gustaba estar rodeada de adultos, que odiaba el colegio y estar rodeada de niños de su edad. Ni hablar por supuesto de ir de campamento o escapadas nocturnas. Mudarme me daba mucho miedo porque todo eso eran cosas que no había hecho por decisión propia, no porque la vida me negase esas posibilidades. Y sabía que independizarme me obligaría a construir la misma estabilidad que tenía con mi familia pero sin ella, haciendo amistades que serían mi círculo cercano y de confianza. Además lo tenía a Él como la motivación más grande para avanzar y dar el paso. Él fue el detonante para lanzarme a dar el salto. Sabía que aunque me costase adaptarme tendría a una persona ya conocida en Madrid. Técnicamente aún no lo conocía, pero después de tres meses hablando sólo nos faltaba vernos en persona. 
Mi relación con Él fue evolucionando. Después de un año desde que comenzásemos a hablar, empecé a llamarle Amo. Los dos parecíamos principiantes, pero fuimos descubriendo poco a poco lo que era ser Amo y sumisa. Recuerdo sus primeras normas como algo súper complicado de retener. No por complejas, sino porque requerían cambiar hábitos y rutinas implantados en mi persona durante muchos años antes de conocernos. Me compró una mordaza y un collar, no recuerdo en que orden. Compramos juguetes y me compró mi esclava para llevarla siempre en la muñeca. De ser su sumi pasé a ser casi esclava hasta serlo totalmente en un plano muy primario y animal. La mayoría de mis comportamientos se explican mejor siendo yo su perra, algo de su propiedad. Disfruto de sus cuidados y me apena decepcionarlo. Adoro cuando me dedica pequeñas humillaciones y me recuerda cual es mi sitio. Y obviamente me encanta su manera de follarme, de sodomizarme y de regodearse cuando me lefa la cara. Se puede decir que para mí Madrid es Él. Fue la primera persona que conocí aquí y por razones obvias la más importante para mí: por su manera de enseñarme, de educarme, de darme forma y de hacerme suya. Yo antes no existía de este modo, por decirlo así. 
Todos aquellos con quienes nos cruzamos nos aportan algo, nos enseñan algo y si se establecen vínculos fuertes probablemente sean personas importantes para siempre en tu vida. Pero hay que entender que del mismo modo que existías antes de conocerlos, puedes seguir viviendo si se rompieran esos vínculos. Puedes, pero como leí una vez: es muy difícil encontrar aquello en lo que te sientes plena y realizada, dejarlo y estar feliz en la vida que llevabas previamente. Como digo es algo a lo que también te puedes adaptar como te adaptaste a una nueva situación que nunca hubieras valorado de no haber tenido la motivación o la persona que te moviera a ello. En mi caso es que no puedo adaptarme de nuevo a algo que ya no concibo como mío. He descubierto una parte de mí que no sabía que existía, o que estaba dormida, y Él despertó. Conforme a eso, mi nueva esencia me impide dejarlo, y no por miedo a estar sola o por echarlo de menos, cosa que ya asumo si ocurriera. No puedo dejarlo porque yo soy su "cosa", su perra, su animalito... Tengo tan asumido lo que soy para con Él que no soy dueña de mí para dejarlo. Por otra parte, sumo el hecho de que no querría que nunca ocurriera. Y conste que sé que no siempre podremos llevar la misma dinámica. Soy consciente de ello porque ya ha pasado y sé adaptarme a ello. Aunque lo eche de menos, eso no me entristece hasta el punto que sería dejarlo para siempre. 
En base a lo que soy, me veo en la obligación de mejorar, de superarme a mí misma y de tener una vida que permita mantener a mi Amo en ella. Aprender lo que debía haber hecho en siete años en mucho menos ahora. Si logro conciliar lo que soy con el resto de mi vida por el bien de los dos, sé que será una relación sana y duradera. Por ahora sólo he conseguido el cuarenta por ciento de mi objetivo: aceptar nuestra situación y que no me frustre el hecho de no vernos. Si un mes nos vemos tres veces y en el siguiente sólo se puede una vez, será mejor disfrutar de esos momentos que entristecerme y estropear posibles opciones por estar peleados. Quizá parezca muy poco, pero sin asentar las bases el resto es inútil construirlo. En ese proceso de construcción habrá cosas que quizá no logre encontrar, porque no dependerán sólo de mí. Pero sé que si tengo voluntad y actitud para valorar mi vida al margen de la suya, tendré más opciones de éxito en todo lo demás.
Todos los días hay algo que me recuerda a Él: una calle, la mención a su tierra, una oferta de hotel, sus palabras escritas en papel... Incluso mi manera de asearme y mantener las rutinas establecidas juntos. En esos momentos no está a mi lado, pero me basta su recuerdo para sonreír agradecida de tenerlos en mi cabeza, de haberlo conocido y de no arrepentirme de las lágrimas que me han hecho aprender. Porque las sonrisas fueron siempre más. Y la suya en mi cuello mientras me abre el culo vale por cien.  

jueves, 22 de noviembre de 2018

La esclava


Cuando me regaló la pulsera ya tenía la mordaza. Una esclava, así se llama la pulsera que llevo. Es fina pero resistente, de acero que no deja que nada la dañe. Lo único que la ha traspasado es el fuego con el que se grabó su nombre, Zo. Se llama Zo porque Él la llamó así una vez. Por detrás tiene grabada la fecha en la que la hizo suya. Su estructura recoge la muñeca de quien la porta, la que siempre será joven, bonita y con espíritu infantil para Él. El grabado se funde con su piel y son una para siempre. No se han separado desde que se tocaron.
A veces no sé quién soy, pero esa pulsera me devuelve al camino que más feliz me ha hecho y me sigue haciendo cuando estoy con mi dueño. Lamo mi muñeca antes de que esa gota salada llegue a mi muñeca. No entiendo por qué descubrí mi naturaleza en una vida que no me permite darle rienda suelta, es como si no lo hubiera conocido en la época correcta. Y cuando soy tan consciente de ello me angustio, aunque intento no pensarlo porque nunca sabré tampoco como hubiera sido en esa otra vida. La vida... La vida ha querido que yo no tenga lo que quiero. Como le ocurre a millones de personas, aunque eso no me consuele. La rebeldía que saco es la que me dice que necesito de su mano para devolverme a mi sitio, que en momentos puntuales lo busco porque sé que sólo el Amo me calma. Y así es. Temo que mi debilidad y mi actitud no me dejen conseguir ser fuerte por mí misma para ser una sumisa más autónoma en ese aspecto.
Por toda su paciencia y el afecto que me tiene, digo siempre lo mucho que le debo. Me siento tan en deuda con Él que temo decepcionarlo, sabiendo que sus críticas son las que me llegan más duramente. Porque si Él lo manifiesta es porque se siente decepcionado en cierta forma y que he de mejorar cosas que yo misma afronto cara a cara a diario. Cuando me dicen que soy fuerte por afrontar mis defectos no saben hasta qué punto me rompo cuando Él me los manifiesta. Puedo con mi regañina pero la suya me hace sentir que no mejoraré nunca, que no valgo lo suficiente. Y de sobra sé que nunca me lo ha dicho con intención de hundirme, todo lo contrario. Quizá soy yo la culpable por verlo así y creer que soy peor para Él de lo que nunca seré en realidad. Quiero ser tan perfecta a su lado que cuando hablamos de lo que hago mal todas mis esperanzas se desvanecen. Y vuelvo a buscar la esclava que me recuerda lo que soy. Quiero ser tan fuerte como ella, no dejar que nada malo me traspase y sólo el roce de su piel tenga el privilegio de hacer que se borre mi nombre. Y de olvidarme de las cosas que no entiendo de este mundo. Del por qué tengo que buscar algo que no quiere ser encontrado y no puedo disfrutar de lo que encontré y acepté con libertad. Algo que me hace tan feliz que me hace perseverar en aquello que no encuentro, que es capaz de moverme todas las montañas que no puedo escalar. Porque el Amo es esa figura que sólo el hecho de tenerla a mi lado me hace ser mejor y más completa. De la que me puedo desprender y vivir sin Él, pero sin la que no podría ser yo por completo. Lo he intentado ya, olvidarle para probarme que es sólo un humano más. Pero no es uno más para mí, para esta humana, esta perra o esta esclava. Ahora mismo deseo con muchísimas ganas abrir la puerta, quitarle los zapatos y colocarme boca abajo para sentir su peso y mi culo abriéndose.
Y sólo pido que no me obligue la vida a olvidarme de Él, que no tenga que dejarlo por no encontrar cosas que no dependen de mí. Que entienda que cuando se trata de personas no todo está bajo mi mano. Que aquí nadie es culpable de lo que la vida nos tiene preparado. Mi sumisión es sólo mía, no tengo muchas maneras de expresarla porque es difícil que alguien entienda la manera tan animal y tan primaria que tengo de ser con el Amo. Ni siquiera busco manifestarlo a quien sé que no lo va a apreciar. No puedo compartir quien soy con nadie, mis amigas no sé si lo entenderían y aunque algo les haya contado, no podré nunca presumir de lo que me duele el culo sin que piensen que me dejo hacer simplemente porque no he vivido otras cosas. Sé que Él también lo piensa. Me agoto de hacerles ver que no me voy a arrepentir nunca en la vida de lo que soy a su lado. Porque necesito ser así, necesito ser yo misma. Necesito ser feliz, porque cuando estamos juntos soy la persona más feliz del mundo. Me gusta hablar con Él de lo que somos y ser sólo nosotros los protagonistas, porque no podemos serlo en ninguna otra faceta de nuestras vidas. Quiero aprender de las desavenencias, de lo que Él también desea, de aceptar con resignación, sin frustración, y estar ahí para el otro cuando nos necesitemos. Busco disfrutar de lo que la vida sí que me ha otorgado.
La esclava me lleve de la muñeca y me enseñe siempre el camino para ser mejor a su lado. Porque la mordaza ya me enseñó a ser perra antes que sumisa.
Espero traer en la siguiente entrada un relato, real o ficticio, de los que tanto os gustan y que yo tanto disfruto escribiendo. 

Echaba mucho de menos expresarme así, sin juicios. 

martes, 30 de octubre de 2018

El viaje. Tercera parte


No quería enfrentarme a este capítulo. Pasé una noche muy mala aquel día, de las que son para olvidar. Pero de las que también tengo que recordar por los momentos buenos que me dio y las enseñanzas que me llevé.
Él tenía que viajar por trabajo cerca de Madrid, yo no tenía clases de idiomas entre semana, y todavía no había encontrado trabajo, así que me propuso ir con Él. Bueno, exactamente no fuimos juntos, porque Él marchó muy temprano por trabajo y yo salí un poco más tarde en autobús. No sabía si llevar maleta porque me resultaba más cómodo salir de la estación con una mochila. Además no llevaba tantas cosas como para llevar maleta. Compré algo de comida antes de ir al hotel donde se alojaba. Habíamos reservado una habitación para los dos, porque Él tenía la suya propia de trabajo. Era la primera vez que pasaría más de cinco o seis horas con Él, nunca habíamos dormido juntos tampoco.
Fue la primera vez que bailé delante de Él. Estaba muy nerviosa. Llevábamos aproximadamente tres meses juntos, y seis meses desde que empezamos a hablar por chat. Por si no fuera suficiente, me había desvirgado, me había visto poniéndome un tampón en la cama, me había enculado y le había enseñado su lefa en mi boca la primera vez que se había corrido en ella. Y esto último fue el primer día de conocernos. Y allí estaba yo como una niña a la que su maestro saca a la pizarra y no ha hecho bien la tarea. No puedo explicar por qué a día de hoy me sigo poniendo colorada ante cosas así o cuando tengo que preguntar en voz alta si desea que le lama los cojones. Recuerdo que era el momento del mes en el que me tenía que bajar la regla. Tenía la barriga revuelta como de costumbre y estaba con el cuerpo más tenso. Quizá por eso al darme por el culo me hice un poco de herida, por no estar totalmente relajada. Me dio una rabia enorme porque íbamos a pasar la noche juntos y sin eso quizá no iba a ser igual. Era mi culpa querer que todo saliera bien. Siempre he sabido lo que era para Él, SIEMPRE, desde el minuto cero de conocerlo en el que me desvirgó. Sabía que yo no iba a ser nunca una de sus prioridades, que me las tenía que apañar yo sola para lo que necesitara. Y era por ese motivo que quería aprovechar cada uno de sus ratos libres que quisiera pasar conmigo. Porque no iban a ser todos, lo sabía.
Al llegar las ocho de la tarde decidió que era mejor que se fuera a su habitación a dormir, lo podían llamar ahí del trabajo y le daba mucho apuro que no lo encontraran ahí. Y llevarme a mí con Él tampoco era una opción segura. Así que pasamos el tiempo que faltaba hasta las 10 que se fue viendo la televisión uno al lado del otro en la cama. Yo me acurrucaba en su costado, recibiendo todo el calor que necesitaba de su cuerpo. Llegó el momento, se vistió, me dio un beso y salió por la puerta. Al día siguiente saldría temprano por trabajo y yo me volvía de nuevo en bus. En el momento en el que salió por la puerta sabía que se había acabado. Que había hecho un viaje para estar con Él y que finalmente no había podido dormir con Él ni una sola vez desde que nos conocíamos. Tuve pesadillas esa noche de la angustia y la ansiedad que sentía, pero no le escribí. Creo que dormiría unas tres horas en intervalos de medias horas. Como me despertaba cada poco no me fue difícil madrugar para despedirme de Él. Le pedí si por favor se podía acercar a darme un beso y entró cinco segundos en la habitación para hacerlo, el tiempo que tardó en preguntarme si estaba bien. Yo asentí porque Él tenía prisa y no se podía parar a escucharme. A la media hora oí su puerta abrirse y las ruedas de su maleta. Abrí mi puerta con los ojos vidriosos, que en la distancia no los podía distinguir. Él se giró para verme pero no se paró. Pude ver en su mirada la decepción antes de que continuara por el pasillo solitario, todo por haberme atrevido a salir de la habitación así, pudiendo hacer que alguien nos viera.
Al cabo de otra media hora salí yo y dejé la llave en la recepción. Le pregunté a la recepcionista cómo podía ir a la estación de autobuses, ya que en el camino de ida cogí un taxi para no ir tan cargada con la comida. Se despidió de mí esperando que hubiera pasado una agradable estancia. En los bolsillos del abrigo llevaba el bloc de notas de cortesía del hotel desordenado en miles de hojas que había escrito por la noche y por la mañana. Eran notas que quería leerle antes de volver a casa, pero no pudo ser. Sentía mucho haberlo decepcionado, que no hubiera podido darme bien por el culo, que lo quería muchísimo y que me permitiera estar a su lado aunque no me permitiera decírselo.
Al bajar del autobús y esperar al metro le escribí y me preguntó si estaba bien. Traté de controlar las lágrimas, encarcelarlas en mis ojos, pero salieron cuando las puertas del vagón se abrieron. Le expliqué un poco lo que pasaba por mi mente y me dijo que no debía haber salido de la habitación sin avisarlo. Estaba distante ahora. No era mi intención que nada de eso pasara. No lo hubiera hecho si fuera peligroso para Él.
No lo llamaba Amo todavía, ni tan siquiera en mi mente estaba la idea de proponérselo, pero me sentía tan suya… Volvía en el metro triste por no haber conseguido lo que Él quería y haberlo hecho sentir mal. Porque el dormir con Él no era nada comparado con lo que vi en sus ojos en aquel pasillo de hotel.
Sigo arrepintiéndome después de cuatro años de haber actuado así.

lunes, 29 de octubre de 2018

El hotel. Segunda parte

Como en una película donde los hechos no van siempre ordenados, así os cuento el segundo capítulo de mi historia. Me castañean los dientes y sollozo para intentar calmarme. Calmarme por ser tan impulsiva con mis comentarios. Porque os juro que del resto ya no puedo hacer nada más, estoy atada de pies y manos porque yo quiero. Porque no quiero perderte Amo, aunque tú quieras dejarme yo seguiré pidiendo ese milagro que necesito. 
Era una de las primeras semanas de junio. Iba a ser mi primer verano separada de Él después de haberlo conocido y me había prometido que me dejaría dormir con Él una vez antes de irme de vacaciones. Ahora puedo decir que probablemente sea una de las tres únicas veces que duerma con Él en lo que me quede de vida. Tres veces en los casi cinco años que lo conozco. Pero en aquel día de junio no me importaba, ni tan siquiera lo pensaba. Me puse el mismo vestido con el que un día me mandó a casa sin bragas. Me parecía un vestido bonito para poder usar en la primera noche. Recuerdo que me tenía que bajar la regla y la barriga se me revolvía mucho, pero me callé porque era la única oportunidad que teníamos. Él tampoco pasaba un buen momento en su trabajo y demasiado nos había costado encontrar este hueco. Así que me propuse hacer de esa noche la mejor que pudiera. Preparé la cena y vimos mi película favorita juntos, una en la que los capítulos sí iban ordenados. Me sodomizó y me partió el culo como nunca. Le pedía que siguiera y me lo abría con las manos para que siguiera bombeando. Lo veía tan feliz y tan contento que pensaba que ocupado conmigo seguiría feliz sin pensar en sus preocupaciones. Y a mí me hacía la chica más afortunada del mundo. Me mojaba siendo suya de ese modo tan primario y tan animal. 
No me podía creer que fuera a dormir con Él de verdad. Os puedo jurar que hasta que no nos metimos en la cama con la sábana echada pensé que algo ocurriría y tendría que irse. Ya ocurrió una vez y no pude dormir en toda la noche. Pero esta vez lo tenía ahí conmigo. Sentía su calor, sus brazos me protegían y su cuerpo era perfecto junto al mío. Esta vez lo tenía a mi lado, y estaba tan emocionada, que a penas dormiría tres o cuatro horas. No quería moverme para no molestarlo. Si Él me agarraba me quedaba todo el rato en la misma posición aunque estuviera incómoda. Me hacía tan dichosa poder verlo junto a mí. Dormía y yo velaba su sueño. Y pensaba que ojalá no pasara nunca la noche para seguir más tiempo juntos. Pensaba en todo lo que habíamos hecho. Me había hecho suya de las maneras que la tarde nos dejó. Hizo de mi culo el sitio perfecto para su polla, me folló contra la pared y sobre el tantra. Lefó mi cara porque para eso es suya también. Nos bañamos en el jacuzzi y me perdí por sus piernas y su espalda mientras Él se relajaba, sin saber que la afortunada era yo por permitirme estar ahí con Él. 
Pero la mañana llegó tocaba dejar esas cuatro paredes que me habían acogido. Una chica de una ciudad pequeña que nunca imaginó que estaría en un sitio así con un hombre como Él. Me folló el coño y la boca, porque el culo lo tenía tan jodido que le daba pena mandarme a casa peor. Lo cierto es que necesité un día de reposo casi absoluto para recuperarme. Dormí mucho al día siguiente. Al llegar a casa se me hizo raro volver a mi sitio sola. Tenía la habitación con la ropa que me había probado para irme con Él. Mi entorno sólo me traía recuerdos de la ilusión con la que había preparado algo que ya pasó. Así que dormí mucho para recuperar fuerzas. 
Y ahora estoy pensando que valdría la pena pasar por todo ese proceso post-follada tan jodidamente bonito con tal de pasar una puta noche con Él de nuevo. Lo que sí haré esta noche será dormir mucho, esperando soñar con Él y de algún modo estar cerca. Porque la vida no me ha sonreído para otorgarme más oportunidades con Él, por eso siempre he aprovechado las que me dejaba. Él me tacha de impulsiva pero quizá si llego a decir aquella tarde que me dolía la barriga, no hubiera pasado la noche juntos nunca. Sólo le pido a la vida que no me aleje más de Él, por favor. 

martes, 23 de octubre de 2018

La comida. Primera parte

Lo recuerdo como si fuera ayer. Mi primer cumpleaños con Él.

El día antes de mi cumpleaños se suponía que lo íbamos a dejar después de cuatro meses juntos. Ambos sabíamos que esto era pasajero. Sin embargo habían sido cuatro meses que para mí habían sido vida. Había logrado salir de mi caparazón y Él realmente no era mi novio pero para mí nunca importó porque simplemente estaba feliz de poderlo tener en mi vida. En un mundo tan grande habíamos dado el uno con el otro. No era un adiós para siempre, tan solo un paréntesis para que yo pudiera decidir si el chico que acaba de conocer podía ser algo más en mi vida.

Creo que no he contado en ninguna entrada lo que hicimos por mi primer cumpleaños juntos. Todo se resume en que me folló. Para mí siempre ha sido el mejor regalo que podía hacerme, pasar tiempo juntos de esa manera tan nuestra. Vino a mi casa a las siete de la mañana. Estaba sola en mi piso compartido y nunca había madrugado tanto para estar lista sin tener que salir de mi propia casa. Lo esperé con lo mínimo encima dado que era pleno invierno: mis braguitas, un top bonito y las zapatillas. Me folló y no me quiso dar por el culo porque era mi cumpleaños al día siguiente, y dijo que se sentiría mal si en nuestro último encuentro me dejaba el culo muy jodido. Le hizo gracia que yo insistiera en hacer algo tan cerdo, cuando lo normal sería que estuviera dando palmas porque me follara como si fuera mi novio. Yo deseaba darle tanto gusto que no me importaba quedarme con el culo colorado. Pero se colocó encima de mí, me miró a los ojos y con un beso en los labios y voz mimosa que fingía imitarme, zanjó el tema.

Pasé el día de mi cumpleaños sin verlo, creyendo que ya se había acabado todo. Que durante un tiempo ya era el final. La vida da muchas vueltas y cuando dejas a alguien realmente nunca sabes cuando lo volverás a ver. Y nuestra situación no era la habitual. Al día siguiente de mi cumpleaños me avisó de que pasaba por mi casa al medio día. Como yo ese año sólo tenía obligaciones los fines de semana, tenía las semanas libres. Me hizo muchísima ilusión que quisiera verme, follarme y lo que quisiera hacerme. Recuerdo que estaba a punto de entrar a la ducha para lavarme el pelo y me dio tiempo nada más que a ducharme. Pensé: bueno, ya hay confianza desde el momento en el que se abrió hueco en mi culo. Cuando entró por la puerta sólo me faltaba dar saltitos de alegría por verlo aparecer. Parecía un animalito, un perrito que hace un par de días que lo separaron de su dueño. Se me olvidaba todo: que tenía hambre, que estaba pensando en qué comer y que tenía el pelo un tanto indecente. Y admito que me sigue pasando, es alguien tan importante para mí que da igual lo que pase, yo lo seguiré considerando alguien especial en mi vida. Cuando pienso en Él, como ahora que estoy escribiendo esto después de años que ocurrió, me sigo emocionando. Recuerdo que me folló con tantas ganas que no quería que terminara. Se corrió en mi cara, me mandó al baño a limpiarme primero para después hacer lo propio con Él. Empezó a vestirse y me dijo que me vistiera también. Yo pensaba que querría que lo acompañara hasta la puerta o algo por el estilo. Me dijo que esperase diez minutos a que Él saliera y que saliera yo después para reunirme con Él en el restaurante que había en mi calle, que me invitaba a comer. Juro que la emoción que sentí al abrirle la puerta se multiplicó por cien. Nunca había comido con Él en los tres meses y poco que hacía que nos conocíamos en persona. Era algo tan grande, tan enorme, tan máximo, comer con la persona que más admiraba en el mundo. De verdad que no me lo creía. Siempre me ha visto muy cría y esa oportunidad era una muestra muy grande para mí de “te doy este premio porque quiero ponerte a prueba”. Siempre he luchado por ganármelo.

Me puse el vestido más adulto que tenía, mi abrigo de vestir bien y me arreglé el pelo como pude. Ahora tenía que disimular también la lefa que había caído por ahí. Me puse mis medias y botines. La verdad es que ahora parecía toda una señorita, una dama de los pies a la cabeza (aunque quedara algún rastro de lefa). Entré en el restaurante y ya me esperaba Él en la mesa. Pedimos, comimos y hablamos de todo un poco. Nos reíamos y se reía de mi manera de comer, porque no dejé nada en el plato. Quedaban un par de aceitunas en el cuenquito y Él fue a coger una con el tenedor que acabó rodando por la mesa, cayendo al suelo. Bufó por la torpeza con la que había ido a cogerla. Yo le sonreía como siempre he hecho al verlo preocupado, tenso o simplemente por ver su reacción por chorradas como esas. Una sonrisa de “no pasa nada Amo”. Como para restar importancia y formalidad a su manera de fracasar en sus modales tan correctos, cogí yo la aceituna que quedaba con la mano y me la metí en la boca con una sonrisa de oreja a oreja. No me preguntéis de qué hablamos, pero recuerdo el Momento Aceituna como si hubiera ocurrido esta mañana. Al terminar de comer pidió la cuenta y pagó Él. A pesar de haberme corrido hacía una hora tenía las braguitas que me chorreaban, igual que la baba que luchaba por mantener en mi boca por estar comiendo delante de un hombre como Él.

Nos despedimos en la puerta del restaurante con dos besos, me dejó pasar a mi primero y caminamos en direcciones opuestas. Yo me giraba cada poco hasta que su silueta sólo era un puntito en la acera. La vida por suerte no quiso que ese fuera el final, pero yo en ese momento quería guardar su imagen en mi retina por si acaso.

Ese día fue uno de los momentos clave en mi vida con Él y en mi vida en general. La primera parte que he querido contar de tantos momentos que hemos compartido.